Como ese pastel que nos comemos con la vista, en el que nos deleitamos con sus texturas y sabores a base de incandescentes fotones impactando en nuestra retina, esta película, nos embriaga con una fotografía y un paraje casi bucólico. Pero lejos de quedarse en un bonito documental, como algunos críticos manifiestan, ni en unas lecciones básicas de budismo y pedagogía didáctica como otros afirman, esta aporta mucho más. Cargada de simbolismos y de mensajes ocultos, esta película no deja de ser una puerta, una puerta que todos poseemos más o menos cerrada, pero que vale la pena dejar abrir gustosamente, para recordar y remover todo lo que hay en ella.